martes, 26 de noviembre de 2013

LA SALA DE ESPERA

Un 115B parpadeaba en la pantalla en grandes números rojos. 115B mesa 12. Miró con resignación el papel que acababa de coger del dispensador automático de turnos. 146B. El trago no iba a ser rápido. Ernesto se maldijo por no haber dejado cargando por la noche su iPhone 5.
La sala de espera estaba repleta de gente. Gente muy distinta a él. Estaba fuera de lugar pese a no llevar puesto uno de sus trajes ni una de sus modernas corbatas. No estaba cómodo, pero nadie parecía reparar en ello. Nadie parecía reparar en él.


Una señora, de edad excesiva, en su opinión, para encontrarse en un sitio como aquel, se puso a su lado. En otro momento y en otro lugar no hubiera dudado en cederle el asiento, pero la espera iba a ser larga y la mujer podría haber hecho igual que él. Podía haber llegado antes.
Estaba pensando en ello cuando el individuo que se encontraba sentado a su lado se levantó y con un acento que Ernesto reconoció perfectamente dijo un 'siéntese por favor' que le dejó en muy mal lugar. ¿Qué se habrá creído este Alexandru? o Andrei, o Claudiu, o Emilian, o Marius, o Mihail, (...). Eran tantos y estaban tan por todas partes que, pese al rechazo que le causaban, Ernesto había terminado aprendiendo sus nombres. ¿Cómo era posible que aquel tipo, que ni siquiera debiera de estar en España, le hubiera dejado en tan mal lugar? Es venganza, pensó, se me ve en la cara que he despedido a docenas de compatriotas suyos. ¿Qué les pasará por la cabeza para no darse cuenta de que sobran aquí? Estuvo bien su colaboración cuando no disponíamos de albañiles suficientes que pudieran contribuir a consolidar nuestro desarrollo, pero ahora que no había trabajo suficiente para los nuestros, debería ser obligatorio el regreso a sus países de origen. Ernesto no podía entender que una sociedad como la española, que no era capaz de garantizar el trabajo para los suyos, se escandalizara porque se hubieran colocado unas cuchillas en una reja cuyo único fin era que no siguieran entrando más y más parásitos del Sistema.

123B mesa 7. Tanto lío con si debía de haberle dejado el sitio o no a la señora y ya es su turno. Otra mujer ocupa su lugar. Esta es joven o por lo menos intenta parecerlo con su estrafalaria forma de vestir. Zapatillas negras y pantalón de chándal negro, ambos con unas líneas fucsias fosforescentes que hacían daño a la vista y atentaban contra el buen gusto. El conjunto se completaba con una sudadera de un fucsia más intenso aun. Si al salir de allí pinchaba con su coche no necesitaría el chaleco reflectante para ser vista en la distancia. La estridencia de los colores de su vestimenta provocaba que no te fijases en su flequillo cardado al más puro estilo de los ochenta. A Ernesto le vinieron a la cabeza aquellos posters de Samantha Fox con los que muchos de sus compañeros de colegio forraban sus carpetas.
Desde que ha llegado no ha callado. Habla en voz alta para que todo el mundo la oiga. Se queja de lo inservible que es esta espera. Nadie le contesta. Ernesto no puede evitar mirarla. Ella lo advierte y sus comentarios al aire se dirigen ahora hacia él. Para enmendar su error Ernesto tiene que sacar su iPhone, pese a no tener apenas batería, y finge que comprueba su correo.
Bien porque capta la indirecta o bien porque ha decidido que sus protestas tendrían más repercusión en el ciberespacio, ella hace lo propio y saca de su enorme bolso un smartphone marca Samsung de considerable tamaño. No tienen para comer ni para pagar la hipoteca pero son incapaces de renunciar al Facebook y al Whatsapp, pensó Ernesto. Sin embargo la curiosidad le pudo y sintió la necesidad de mirar por encima de su hombro lo que ella escribía. Tenía abierta la aplicación móvil de Facebook y allí, sin vergüenza ninguna escribía: Señor presidente del govierno sino puede solucionar lo del paro porque nos ace perder el tiempo. En tan sólo dieciséis palabras había sido capaz de cometer siete faltas de ortografía. A Ernesto le dolían los ojos. ¿Cómo era posible que aquella mujer se estuviera quejando de no tener empleo si no sabía ni tan siquiera escribir?

140B mesa 5. Ernesto vió alejarse a la Mari, a la Yoli, a la Jesi o como quiera que se llamase la literata del Samsung rumbo a la mesa cinco. Ya quedaba menos. Antes de que pudiera quitarse de la cabeza aquel 'govierno' tomó asiento a su lado un individuo menudo  de piel oscura curtida por el sol. Iba mal peinado y sin afeitar. A Ernesto le chocó muchísimo su vestimenta. Vestía un mono azul de trabajo sucio y unas botas de esas que tienen la puntera reforzada. Sus manos estaban llenas de restos de yeso y de pintura. ¿Qué hacía allí aquel tipo? Era evidente que venía de trabajar. ¿Nadie más se daba cuenta de aquello? ¿Por qué el Sistema se dejaba engañar de aquella manera?

Inmigrantes, Chonis y obreros que trabajaban en negro. Con estos mimbres, se dijo, nunca saldremos de esta crisis. Seis millones de parados. Seis millones de parásitos que pretenden vivir del Estado.

Aquellos pensamientos le deprimían profundamente. 146B mesa 13. Pero lo peor de todo, lo más deprimente, era que pese a su licenciatura en Derecho y su media docena de masters, él, Ernesto Rodríguez Guillen, iba camino de la mesa 13 de la Oficina de Empleo. Era uno de ellos.

9 comentarios:

  1. Magnífico. Me ha encantado tu relato. Dibujas muy bien la figura de ciertos tipos clasistas y xenófobos que no se resignan a ser como el común de los mortales. Enhorabuena, es muy bueno.

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    1. Muchas gracias Luisa. Es un honor viniendo de ti. Un abrazo

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  2. Enhorabuena Roberto muy bien escrito en mi opinión. El tema un poco repetido, poco original creo. La pena es que hoy en día no nos podemos fiar de nadie, no solo de esos que parece que tienen mala pinta, tampoco del trajeado. No sea que sea político. Y con la mala fama que tienen no??? Hace 30 años viviamos con las puertas abiertas de las casas. Por que?? Porque no teniamos nada que nos puedieran quitar. Todos nos creemos mas que el de al lado por cuatro chorradas que tenemos. Movil, coche, ropa..... que pena de sociedad que creamos. Compramos consolas a los niños para que no salgan a la calle. Y para que van a salir a la calle?? Si nos molesta que jueguen al futbol en los parque o cojan la bici, no nos vayan a atropellar. Antes podiamos practicar deporte gratis, ahora ni eso. Hay que apuntarse a un club y pagar la cuota. Lo dicho de pena.
    Carlos Muiña.

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  3. Sí señor!!, esperando el siguirente. Las andanzas de Ernesto dan para una novela... #ahílodejo

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  4. Muy bueno, refleja perfectamente la actitud que muchos toman ante los demás, de un absoluto desprecio, me gustaría poder escuchar los pensamientos de la señora mayor, del obrero o de la chica llamativa, seguro que habría otros relatos nuevos.

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    1. Muchas gracias. Es una buena idea para continuar...

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    2. Perdona por la tardanza, MUY BUENO. Los que hemos estado, o seguimos estando en esa situación y pasando por esas salas de espera donde el Esperpento (Valle-Inclán) se ha convertido en algo cotidiano y a diario has sabido relatar a la perfección lo que son esas salas de espera y como no, la eterna espera para muchos.

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